El cascarón fantasma

Aleeeeeeeeegria, aleeeeeeeegria, aleeeeeegrias de burro hechas con millo y coco.
“Es que no me oyen o es que no me ven” aquí va el griego con sus griegas.
Ajiiiiii, ajiiii dulce, coco, ñame… pastel y peto, peto caliente.

Creo que ustedes como yo acaban de ponerle los colores y el tono a esas frases. Me erizo de pensar en ellas, en como cargan una poderosa simbología propia de nuestro Caribe. Me rehúso también a no oírlas más, a que desaparezcan. En una ciudad como la nuestra donde no nos reconocemos entre nosotros como hijos de una misma sociedad, el peor pecado que podemos cometer es permitir que aquellas pequeñas cosas que nos aportan identidad se pierdan en ejercicios de autoridad vacíos y en la hipocresía propia de quienes ven sólo hasta donde el bolsillo cortoplacista les permite.

Desde hace varios años hay un burbujeo silencioso en nuestra ciudad. Una puja por convertir al Centro Histórico en un espacio para la plácida contemplación de turistas millonarios, vestidos a lo Dandy, con sombreros de paja y bastones de marfil. Turistas sacados de la imaginación de quienes se criaron viendo Mary Poppins. Dicen estos personajes que así debe ser nuestro turismo y mencionan ciudades como Madrid, Barcelona, París, Nueva York, Londres o Cannes. Pues les digo una cosa: dejen la mentira. Respetuosamente he estado en todas esas ciudades y en ninguna, he visto lo que éstos pretenden crear. Precisamente es todo lo contrario. El diferencial de esas ciudades con respecto a la nuestra no son las ventas ambulantes (de las cuales hay miles) o los cafés en las calles (de los cuales hay cientos y que bien tributan) o las discotecas en los centros históricos (de las cuales se convierten en verdaderas pasarelas de moda y jet set), el diferencial está en el ordenamiento y en la regularización.

Esas mecas mundiales del turismo saben que deben reinventarse con el paso del día a la noche, de la mañana a la tarde y adaptarse para servir a todo quien quiera visitarlas así como proveerle al residente las comodidades para que siga nutriendo con su permanencia, el espíritu que vienen a buscar los demás. Nada es París sin sus afiches o Nueva York sin los carritos de perro caliente o Halal en las calles. Nada. Sin embargo, en Cartagena parece ser que está de moda proponer la prohibición como formula mágica que alivia la flojera de consolidar políticas públicas.

Hace algunas semanas abogaba por continuar con el ordenamiento del espacio público a través de la consolidación del Registro Único de Vendedores. También por el fortalecimiento de nuestro turismo a través del matrimonio de esta actividad económica con la cultura, que es en últimas el único elemento que nos une como cartageneros. Hoy, reafirmo ese llamado y los invito a que pensemos fuera del molde.

El turismo en Cartagena, el verdadero, el que viene a conocer de que se trata la “Reina de los Mares” quiere Empanada con Huevo y Kola Román, quiere oir nuestro acento y olvidarse de su mundo siendo parte de nuestra cotidianidad. Buscan adentrarse en nuestras cocinas y comer patacón debajo del palito de caucho. Buscan descubrir joyas escondidas y tomarse una foto con alguna María Mulata adormilada por el sol de medio día. Al mismo tiempo el cartagenero busca ganarse su sustento, desde el empresario del turismo que lleva 40 años invirtiéndole a la imagen de ciudad en el mundo como la palenquera hija, nieta y bisnieta de aguerridos africanos que rompieron para siempre las cadenas de la opresión. En esencia todos buscamos lo mismo de diferente manera. Pero como en todo, el secreto está en los detalles y prohibir no es un detalle, es una blasfemia.

Para encontrar entonces la solución al dilema debemos empezar por hacer un mapa de los actores culturales que son icónicos en la ciudad y que tienen un potencial turístico (el ejemplo más evidente son las palenqueras y las vendedoras del Portal) pero también hay que involucrar a los artistas plásticos, a los bailarines del Parque de Bolívar, a las Estatuas Humanas y a los raperos, a los vendedores de collares y a los escultores. Hay que premiar a quienes tienen confianza legítima y re-direccionar a quienes no la tienen. Luego hay que planear el territorio diseñando rutas turísticas que permitan el ordenamiento del espacio público y descongestionen nuestras aceras y calles. En eso habíamos avanzado bastante durante mi administración (Gerente del Centro Histórico, IPCC, Planeación, Espacio Público, Corpoturismo, Interior, Infraestructura y la Gestora Social) . Al mismo tiempo hay que trabajar con los operadores turísticos para que esa ruta responda tanto a los intereses de la ciudad como a los intereses de quienes nos visitan y empezar a crear nuevos focos de desarrollo turístico que permitan descongestionar el Centro. Para ello empezamos a crear el Bosque de Paz en el Cerro de La Popa que hoy se encuentra durmiendo el sueño de los justos en el Ministerio de Ambiente y el avistamiento de aves en La Bocana entre muchos otros sitios que empezamos a potencializar en 11 meses de gobierno.

En fin, este concepto de la ciudad de la esperanza requiere más que unas líneas en una columna y seguiré escribiendo sobre ello pero no podemos caer en la inocentada de por no tener un norte en materia de turismo cultural, terminemos eliminando precisamente eso que hace atractiva a Cartagena ante el mundo. Hay quienes pretenden que nuestra ciudad se convierta en un cascarón fantasma, yo en cambio como muchos otros sueño con una Cartagena motor de la cultura y valiente expositora de nuestra música, nuestra danza, nuestra gastronomía y nuestra algarabía. Una Cartagena resiliente que encuentra en su vida diaria el mejor antídoto para el inclemente sol caribe y llena de turistas que se carguen baúles de recuerdos y fotos con esos niños pintados de negro carbón. No cuenten conmigo para la hipocresía y la mezquindad, bastante que me sueño con raspaos de Kola, con piña y mango de nuestras palenqueras y con mis dulces del portal.

Nota al pie: Al escribir esta columna me entero que han cerrado un bar de la ciudad por cuestiones de uso del suelo. He ahí la importancia de un POT actualizado. Ahora bien, no dejemos que nos metan el golazo de un POT que desconozca un turismo para todos, un centro para todos y una Cartagena para los cartageneros con actividades legales que permitan tanto el sueño de unos, como la rumba de otros.